La vida que anhelo

 Me quedé impactada, le dije. No podía creer las grandes similitudes que existían entre lo que veía y lo que he visto, podía ver cada elemento como una fotografía del camino que llevo años y años recorriendo sin poder descifrar el por qué de tantos patrones inalterables. 

Estaba ahí ese techo, como siempre lo he visto en vida y en sueños, con esas ondulaciones de pequeños dobleces que juntos completan una resbaladilla gigante, pero no, no es eso, es solo un techo, el que se coloca una tarde para cubrir del sol el desayuno en esa mesa larga de madera, he ahí otro elemento. Ojalá existiera una cultura en la que por cada producto de madera que se hace se colocara el nombre del ser que alguna vez vivió y que ahora sirve para sosterer mi plato o el peso de mi propio cuerpo, sin que fuera olvido. Ojalá se describiera en relatos los rituales para solicitar el recipiente de su alma que será testigo de miles de pláticas en sobremesa o querré decir, sobreente. Alado están las sillas de plástico, patrocinadas por la gran industria de color rojo y blanco o, blanco y rojo, es igual, como sea nos invade su veneno a la vista y dentro del cuerpo. Y detrás de esos elementos, una sólida pared de piedras que, ahí sí, con el recuerdo de la caliza me verás caer, pero no más con la vista de ese árbol enorme entre la mesa y la casa. Que de por sí es un hogar el mismo ente, muerto o vivo, su copa cae sobre los techos de metal y de cemento ¿Qué más? No puede faltar lo más común en nuestra gente, moverse rápido, la moto que como todas, me recuerdan a ti, le dije, por más que te olvido vuelves a mí, sola me dije. Me cierro el cuerpo, no sé como quitarlo porque es un conjunto de elementos que me sobreestimulan, me cargan de recuerdos, anécdotas, sentimiento y una terrible ironía que no puedo tolerar por mucho tiempo en pensamiento. Pero verás, ahí no acaba, le dije. Dentro de esa casa hay más patrones, todo está tupido de energía densa y mística, qué digo, lo denso no es por las dos mujeres que se encuentran ahí, sino por los varones y sus violencias. Lo místico sí, ellas se lo quedan. Más cuando las ves asomadas en la ventana y crees que te ignoran, pero no, están en todo, en el comal, en la olla y en lo que pasa afuera, por eso son tan místicas, no pierden ningún detalle de la realidad y, si temieras de las mujeres hechiceras ya estarían temblando tus rodillas queriendo que termine mi discurso. Arrastró su mano por su pierna hasta la rodilla para contenerla, pero no te preocupes, le dije, no se trata de asustarte, es que estás acostumbrado a temerles, lo sé, pero yo solo pienso que ojalá supieramos más sobre la historia de la mujer, tanta magia destruida, tanto poder que el conjunto de estos elementos le dan a ellas una inmesa ola de saber, ojalá fuera como ellas, pensé. Aquí viene el último elemento, pues fue lo que menos esperaba. No me lo creerás, pero apareció una mano traslúcida gigante junto al árbol, una gran, gran mano ¿de donde salió? No lo sé, te lo juro, es la mano de Dios, no, de alguna persona anciana tal vez; recorro su silueta, la forma de los dedos y de las uñas que están al ras del dedo, más su energía se expande más allá de ellos como luz encegadora. Esta mano carece de arrugas, su piel es lisa, me acerco más, ya no me espanta, es una mano conocida. Con ella comprendo que anhelo todo lo que observo y también todo lo que alguna vez viví, como si la mano pudiera agarrar esa vida, regalármela al fin, regresarla a mí. 

Está callado mirando al piso, asiente con la cabeza, no me dice nada y expresa el sonido de afirmación con la garganta sin mover los labios, mjum, inexpresivo, el cuerpo inerte y la cabeza dirigida aún hacia el piso, mueve sus ojos hacia arriba, me miran a mi. Afuera truena el cielo, comienza a llover y los relámpagos iluminan la habitación al tiempo que la vela se termina. Veo la línea de humo que asciende del resto del pabilo hacia la ventana, hacia el sitio donde él estaba. 

Miro afuera la lluvia sobre la montaña, suspiro y le doy mi ultimo trago al vino, mientras, me pregunto, qué es lo que le pido. A veces viene y me pide que le cuente mi presente, pero ha llegado mi presente y por ahora soy de él consciente.

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