Un desierto y un elefante

La primera capa de lo que somos es como un muro, una cáscara o un caparazón. Un muro de ladrillos que oculta todo aquello que está en el interior, donde está la esencia. Cada quien construye con el material que quiere la forma y la altura de esa barrera. Sin embargo, aún con ese límite o decir yo soy, no es suficiente, se puede conocer la grandeza que hay en el interior de una persona, pues es su esencia la que emana como energía que quiere ser expresada, de la punta de los dedos se extiende su energía, más es difícil demostrar lo que los ojos externos, impresionados observan.

Este muro está roto, tiene una pequeña apertura en la parte inferior, a la altura de los pies. El pico y la pala que están recargados son los responsables de esa entrada, alado hay restos triturados de ladrillo y una montaña de polvo. Él indica con la mano que pude ingresar por la apertura, ella se adelanta y en reverencia, entra. Observa un desierto oculto entre muros, un enorme campo arenoso con su propio viento que levanta nubes de polvo y que forma dunas que se acomodan y se asientan. A sus pies hay un camino que él con mucho esmero ha aplanado, éste la dirige hacia el centro de este pequeño desierto, ahí hay una bestia gigante conocido por todos aquellos que asocian la memoria y la inteligencia, un elefante. Enseguida comprende que detrás del monstruo que se ha construido ese hombre, a ella le es sencillo visualizar su grandeza trnasformada en elefante. Ella habla con este elefante, lo quiere convencer de que no es ninguna amenaza y que solo quiere contemplarlo. La bestia la comprende y permite que se acerque. El tacto permite conectar y distribuir en todo su cuerpo la energía del elefante. Su mente se dispersa a un pensamiento: si tan solo él supiera la belleza de su interior que ella observa, lograría hacer grandes cosas en ese camino fuera de ese muro. 

Ella solo comprendió su alcance ante la adversidad que le rodea y como un conjuro, se aleja. 

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